Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición. Enrique Murillo. Trama, 2025. 540 páginas.

La excusa clasicista: En Personaje secundario se comenta que la agente Carmen Balcells «colocó» en cierta ocasión a la editorial P&J nada menos que una colección de libros y hasta el título, Areté. Balcells «le vendió (a alguien de la empresa) el paquete de la idea, diseño, formato y tres docenas de autores por anticipos altísimos para sus escasas ventas”. Escribe Enrique Murillo: «Areté, según balcells, significaba excelencia, una palabrita de las que en las escuelas de negocios se habla cada dos por tres, incluso ahora». La acepción más común de ἀρετή (arete), la de Virtud, no les interesaba a la vendedora del proyecto ni al comprador, cuyo objetivo era borrar del universo mundo una colección que había empezado Murillo, Ave Fénix Serie mayor (para distinguirla de la Ave Fénix a secas, que era de bolsillo).
Ha sido a la vez gozoso y doloroso leer este libro. Doloroso porque lo he leído con la muñeca derecha escayolada y la izquierda con esguince (caída de bicicleta dos semanas atrás). La derecha aguantaba, protegida por la escayola, pero la izquierda, a medida que avanzaba la lectura y me acercaba a las 500 páginas, iba acusando crecientes dolores. Inevitable. No podía dejarlo porque leerlo sobre todo era gozoso.
El libro de Enrique Murillo constituye una historia de la industria editorial y de la novela española desde los 50 hasta la actualidad, y para quienes llevamos desde los 80 merodeando ese mundo como lectores, autores o editores, resulta ser un viaje revelador, nostálgico, emocionante.
Como Zelig, el ubicuo personaje creado en 1983 por Woody Allen, Enrique Murillo ha estado cerca (pero invisibilizado) de incontables acontecimientos literarios gracias a su peregrinaje por varias editoriales. Su perfil de editor es ejemplar. Curtido lector, empezó traduciendo del inglés y leyendo para Herralde (Anagrama), y haciendo informes, y asesorando en lacónicos improvisados encuentros de despacho, a veces. Pero también era un escritor, algo fundamental. Es decir, creador con un criterio claro del camino que debía seguir la novela española en los 80, la generación que tomara el testigo de la de Cela y Delibes. El que debía seguir él mismo y el que debía fomentar un editor en España en los tiempos en que Tusquets y Anagrama intentaban corregir la deriva de Destino, el sello de referencia hasta entonces.
Pero pronto se vio convertido en hombre para todo, y lo voy a resumir en una palabra: negociador. Fue el encargado de lidiar con la prensa en Anagrama, para limar un error de Herralde, y se ha pasado luego la vida negociando con todos: autores, agentes, editores, periodistas, ejecutivos “compañeros”… Me ha parecido clara la gran virtud de Murillo: el don de gentes. Su perfil codiciado en el mundo editorial se sostuvo gracias a esto, a su agenda y a su dominio del inglés.

Este negociador ha tenido una retórica eficaz. Me ha recordado a Boyd Crowder, el forajido de la serie Justified (FX, 2010). Crowder salva el cuello continuamente gracias a su pico de oro cuando un revólver le apunta a un palmo de la sien. En alguna reunión de trabajo en Plaza & Janés y Planeta, Murillo sale ileso o triunfante gracias a su verbo templado, además de su conocimiento del paño. “Frío como el acero”, se confiesa hacia el final del libro.
Para mí ha sido fascinante recorrer la vida de Enrique e ir enlazándola con la mía propia, porque nos separan veintidos años, pero nos une la vivencia en torno a unos mismos libros. Yo tenía 32 años cuando Felipe Hernández me habló en 1998 del que había sido su editor en Anagrama en 1989 (Murillo). No tenía ni treinta cuando reseñé en 1993 para el suplemento Arxipèlag del diario El Día (encargo de Basilio Baltasar) el Don Juan de Anson, que Murillo había llevado a las librerías. Antes que Enrique, creo, entrevisté a Pinilla en 2005 en Getxto y, cómo él, quedé impresionado por el escritor vasco.

Enrique Murillo nos recuerda las aventuras de sellos y colecciones que miles de letraheridos seguimos desde las mesas de las librerías durante décadas. Será por casualidad, pero el hecho es que Enrique puede contarnos desde una posición privilegiada un relato por el que circulan Javier Marías, Pérez Reverte, Kennedy Toole, Pombo, Amis, Easton Ellis, Marsé, Fernández Cubas, Wolfe, Terenci Moix, Adelaida García Morales, Tolkien, Rushdie, Le Carré, Ruiz Zafón, el hoy emérito Juan Carlos (vía JL de Vilallonga), Franzen, Julian Assange, Perezagua… una lista imponente, interminable.
Son muchos los datos sabrosos, dan para un extenso resumen, pero escribo con la derecha escayolada, así que seguiré con una especie de lista para recoger las ideas que más me han llamado la atención.
- Murillo acuña “narradores en el sentido pinillesco de la expresión”. María Bengoa, viuda y principal reivindicadora de un reconocimiento (no creo que de crítica, pero quizá sí de público) de Ramiro Pinilla, debería celebrar este párrafo. Porque propone nada menos que la etiqueta de pinillesca, recurriendo a un apellido completamente ausente de la crítica literaria desde los 70 al siglo XXI, para un modo de entender la novela que, al fin y al cabo, ni inventó nuestro querido Ramiro ni pudo ramiro popularizar. Es más justo hablar de un sentido murillesco de la expresión, pero los fanáticos de Pinilla no debemos protestar.
- Anagrama construyó su catálogo (cuando Murillo no pudo evitarlo) atendiendo a los apellidos de los autores o a la presunción de «estar a la última», por encima de criterios literarios.
- La calidad humana de Javier Marías, probada en hechos como la carta que le escribe a Murillo comentándole el borrador de una novela de este último.
- La falsedad de la idea instalada de que ningún editor se interesó en EEUU por La conjura de los necios.
- “Realismo sucio” es una etiqueta poco acertada para Dirty realism. Mejor salvaje o turbio.
- La eterna presencia/supervivencia de Pere Gimferrer en Seix Barral, a pesar de desastres tan sonados como dejar escapar a Kundera.
- El aviso de Javier Pradera a Murillo en la redacción del País: “Este periódico detesta la cultura”. Una pincelada dentro del fresco que pinta Murillo, en el que periodistas que no te consideran de su gremio te ningunean. Por ejemplo, la prensa deportiva ignoró un potencial best seller sobre el Barça.
- Celebro el rechazo de Murillo de esa literatura que sí “se siente acosada por los fantasmas de la originalidad y la innovación continua”.
- La descripción de la prosa de García Sánchez: “pleonásmica, atiborrada hasta lo informe, reiterativa, continuamente desviada en incontables excursos”. Tuve que reseñar para El Cultural una vez una obra suya, K2, y no recuerdo tortura lectora comparable. El texto debió de quedarme algo duro, pues fue suavizado sin mi conocimiento en esa redacción.
- El infierno de trabajar en multinacionales (Bertelsman, Planeta). Murillo: “iba a entrar en una organización para la que solo podía prepararme el haber leído tanta novela negra”. Lo que antes he escrito sobre Justified, basada en la obra de Elmore Leonard. Murillo habla de escenas donde se ven “volar cuchillos lanzados por caballeros trajeados”, “robar dinero a raudales”.
- La evidencia de que macroempresas editoriales, las que más dinero mueven, más empleados sostienen, las en teoría por tanto “más profesionales”, son las menos preocupadas por hacer bien las cosas.
- En mi ingenuidad, reconozco que me sigue escandalizando el dato de que existan empresas con pérdidas y deudas millonarias –como la Plaza & Janés («llevaba más de cinco años perdiendo dos mil millones de pesetas anuales») o la Alfaguara que recibieron a Murillo– y que no pase nada, que el monstruo siga andando. Un comportamiento que uno solo creía propio de partidos políticos, que reparten irresponsablemente prebendas a sus militantes cada vez que tocan poder.
- En la misma línea, el irresponsable regalo de un reloj de oro en tiempo de vacas flacas a Saramago por decisión de una editora en un acto de pleitesía que no deja tampoco en muy buen lugar a Saramago, si lo aceptó. Y uno se pregunta, además: ¿qué clase de literatura puede ofrecer un escritor divinizado?
- Lo cerca que estuvo Enrique Murillo de recibir un uppercut asesino del autor de American Psycho.
- La jugada maestra de publicar, con funambulismos financieros, El Rey y La Reina, los libros más vendidos en la historia de P&J.
- Las estrategias publicitarias. Cuándo vender exclusivas o publicación de extractos de adelanto de lanzamientos en prensa, cuándo regalarlas.
- La historia de Juan Guillermo López, asesinado en México.
- El admirable contorsionismo de Murillo para evitar ser director editorial de Planeta y poder disfrutar de su casa en la ladera del Montseny.
- La fina ironía sobre gente nacida y vivida en Sarrià y veraneada en Cadaqués, “no como otros”. Gente que pocos méritos más necesita para llegar a dirigir una editorial o ver publicado un libro propio (esto lo aventuro yo).
- ¿Hay que publicar, se venderá este libro? Es una pregunta que nadie jamás puede contestar con seguridad. La única respuesta sensata es siempre la misma: y yo qué sé.
- Los errores narrativos que contiene la última y celebradísima obra de Delibes, El hereje.
- La sobrehumana capacidad de trabajo que demostró tener EM durante tantos años.
- La negritud que parece esperar a la industria del libro en general y a la salud de la literatura de calidad en particular, cuando las grandes empresas que copan las librerías en realidad sobreviven gracias a otros negocios (si lo he entendido bien).
Y aquí dejo de aumentar la lista.

No puedo concluir este texto sin remarcar la labor y aportación, la inspiración de Murillo. Su labor como editor político en el sentido de cívico: publicar ensayo combativo por responsabilidad, publicar libros-acontecimiento por necesidad, publicar novela y descubrir autores por el verdadero placer de palpar el talento.
Gracias por tu vida, Enrique. Por lo tanto, muchas gracias, Fe.
Ah, y ya he encargado a mi proveedor todos los libros del Enrique Murillo narrador.
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