La virtud de Enrique Murillo

Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición. Enrique Murillo. Trama, 2025. 540 páginas.

La excusa clasicista: En Personaje secundario se comenta que la agente Carmen Balcells «colocó» en cierta ocasión a la editorial P&J nada menos que una colección de libros y hasta el título, Areté. Balcells «le vendió (a alguien de la empresa) el paquete de la idea, diseño, formato y tres docenas de autores por anticipos altísimos para sus escasas ventas”. Escribe Enrique Murillo: «Areté, según balcells, significaba excelencia, una palabrita de las que en las escuelas de negocios se habla cada dos por tres, incluso ahora». La acepción más común de ἀρετή (arete), la de Virtud, no les interesaba a la vendedora del proyecto ni al comprador, cuyo objetivo era borrar del universo mundo una colección que había empezado Murillo, Ave Fénix Serie mayor (para distinguirla de la Ave Fénix a secas, que era de bolsillo).

Ha sido a la vez gozoso y doloroso leer este libro. Doloroso porque lo he leído con la muñeca derecha escayolada y la izquierda con esguince (caída de bicicleta dos semanas atrás). La derecha aguantaba, protegida por la escayola, pero la izquierda, a medida que avanzaba la lectura y me acercaba a las 500 páginas, iba acusando crecientes dolores. Inevitable. No podía dejarlo porque leerlo sobre todo era gozoso.

El libro de Enrique Murillo constituye una historia de la industria editorial y de la novela española desde los 50 hasta la actualidad, y para quienes llevamos desde los 80 merodeando ese mundo como lectores, autores o editores, resulta ser un viaje revelador, nostálgico, emocionante. 

Como Zelig, el ubicuo personaje creado en 1983 por Woody Allen, Enrique Murillo ha estado cerca (pero invisibilizado) de incontables acontecimientos literarios gracias a su peregrinaje por varias editoriales. Su perfil de editor es ejemplar. Curtido lector, empezó traduciendo del inglés y leyendo para Herralde (Anagrama), y haciendo informes, y asesorando en lacónicos improvisados encuentros de despacho, a veces. Pero también era un escritor, algo fundamental. Es decir, creador con un criterio claro del camino que debía seguir la novela española en los 80, la generación que tomara el testigo de la de Cela y Delibes. El que debía seguir él mismo y el que debía fomentar un editor en España en los tiempos en que Tusquets y Anagrama intentaban corregir la deriva de Destino, el sello de referencia hasta entonces.

Pero pronto se vio convertido en hombre para todo, y lo voy a resumir en una palabra: negociador. Fue el encargado de lidiar con la prensa en Anagrama, para limar un error de Herralde, y se ha pasado luego la vida negociando con todos: autores, agentes, editores, periodistas, ejecutivos “compañeros”… Me ha parecido clara la gran virtud de Murillo: el don de gentes. Su perfil codiciado en el mundo editorial se sostuvo gracias a esto, a su agenda y a su dominio del inglés.

Boyd Crowder, personaje de Justified

Este negociador ha tenido una retórica eficaz. Me ha recordado a Boyd Crowder, el forajido de la serie Justified (FX, 2010). Crowder salva el cuello continuamente gracias a su pico de oro cuando un revólver le apunta a un palmo de la sien. En alguna reunión de trabajo en Plaza & Janés y Planeta, Murillo sale ileso o triunfante gracias a su verbo templado, además de su conocimiento del paño. “Frío como el acero”, se confiesa hacia el final del libro.

Para mí ha sido fascinante recorrer la vida de Enrique e ir enlazándola con la mía propia, porque nos separan veintidos años, pero nos une la vivencia en torno a unos mismos libros. Yo tenía 32 años cuando Felipe Hernández me habló en 1998 del que había sido su editor en Anagrama en 1989 (Murillo). No tenía ni treinta cuando reseñé en 1993 para el suplemento Arxipèlag del diario El Día (encargo de Basilio Baltasar) el Don Juan de Anson, que Murillo había llevado a las librerías. Antes que Enrique, creo, entrevisté a Pinilla en 2005 en Getxto y, cómo él, quedé impresionado por el escritor vasco.

Enrique Murillo nos recuerda las aventuras de sellos y colecciones que miles de letraheridos seguimos desde las mesas de las librerías durante décadas. Será por casualidad, pero el hecho es que Enrique puede contarnos desde una posición privilegiada un relato por el que circulan Javier Marías, Pérez Reverte, Kennedy Toole, Pombo, Amis, Easton Ellis, Marsé, Fernández Cubas, Wolfe, Terenci Moix, Adelaida García Morales, Tolkien, Rushdie, Le Carré, Ruiz Zafón, el hoy emérito Juan Carlos (vía JL de Vilallonga), Franzen, Julian Assange, Perezagua… una lista imponente, interminable.

Son muchos los datos sabrosos, dan para un extenso resumen, pero escribo con la derecha escayolada, así que seguiré con una especie de lista para recoger las ideas que más me han llamado la atención.

  1. Murillo acuña “narradores en el sentido pinillesco de la expresión”. María Bengoa, viuda y principal reivindicadora de un reconocimiento (no creo que de crítica, pero quizá sí de público) de Ramiro Pinilla, debería celebrar este párrafo. Porque propone nada menos que la etiqueta de pinillesca, recurriendo a un apellido completamente ausente de la crítica literaria desde los 70 al siglo XXI, para un modo de entender la novela que, al fin y al cabo, ni inventó nuestro querido Ramiro ni pudo ramiro popularizar. Es más justo hablar de un sentido murillesco de la expresión, pero los fanáticos de Pinilla no debemos protestar.
  2. Anagrama construyó su catálogo (cuando Murillo no pudo evitarlo) atendiendo a los apellidos de los autores o a la presunción de «estar a la última», por encima de criterios literarios. 
  3. La calidad humana de Javier Marías, probada en hechos como la carta que le escribe a Murillo comentándole el borrador de una novela de este último.
  4. La falsedad de la idea instalada de que ningún editor se interesó en EEUU por La conjura de los necios.
  5. “Realismo sucio” es una etiqueta poco acertada para Dirty realism. Mejor salvaje o turbio.
  6. La eterna presencia/supervivencia de Pere Gimferrer en Seix Barral, a pesar de desastres tan sonados como dejar escapar a Kundera.
  7. El aviso de Javier Pradera a Murillo en la redacción del País: “Este periódico detesta la cultura”. Una pincelada dentro del fresco que pinta Murillo, en el que periodistas que no te consideran de su gremio te ningunean. Por ejemplo, la prensa deportiva ignoró un potencial best seller sobre el Barça.
  8. Celebro el rechazo de Murillo de esa literatura que sí “se siente acosada por los fantasmas de la originalidad y la innovación continua”.
  9. La descripción de la prosa de García Sánchez: “pleonásmica, atiborrada hasta lo informe, reiterativa, continuamente desviada en incontables excursos”. Tuve que reseñar para El Cultural una vez una obra suya, K2, y no recuerdo tortura lectora comparable. El texto debió de quedarme algo duro, pues fue suavizado sin mi conocimiento en esa redacción. 
  10. El infierno de trabajar en multinacionales (Bertelsman, Planeta). Murillo: “iba a entrar en una organización para la que solo podía prepararme el haber leído tanta novela negra”. Lo que antes he escrito sobre Justified, basada en la obra de Elmore Leonard. Murillo habla de escenas donde se ven “volar cuchillos lanzados por caballeros trajeados”, “robar dinero a raudales”.
  11. La evidencia de que macroempresas editoriales, las que más dinero mueven, más empleados sostienen, las en teoría por tanto “más profesionales”, son las menos preocupadas por hacer bien las cosas.
  12. En mi ingenuidad, reconozco que me sigue escandalizando el dato de que existan empresas con pérdidas y deudas millonarias –como la Plaza & Janés («llevaba más de cinco años perdiendo dos mil millones de pesetas anuales») o la Alfaguara que recibieron a Murillo– y que no pase nada, que el monstruo siga andando. Un comportamiento que uno solo creía propio de partidos políticos, que reparten irresponsablemente prebendas a sus militantes cada vez que tocan poder.
  13.  En la misma línea, el irresponsable regalo de un reloj de oro en tiempo de vacas flacas a Saramago por decisión de una editora en un acto de pleitesía que no deja tampoco en muy buen lugar a Saramago, si lo aceptó. Y uno se pregunta, además: ¿qué clase de literatura puede ofrecer un escritor divinizado?
  14. Lo cerca que estuvo Enrique Murillo de recibir un uppercut asesino del autor de American Psycho
  15. La jugada maestra de publicar, con funambulismos financieros, El Rey y La Reina, los libros más vendidos en la historia de P&J.
  16. Las estrategias publicitarias. Cuándo vender exclusivas o publicación de extractos de adelanto de lanzamientos en prensa, cuándo regalarlas.
  17. La historia de Juan Guillermo López, asesinado en México.
  18. El admirable contorsionismo de Murillo para evitar ser director editorial de Planeta y poder disfrutar de su casa en la ladera del Montseny.
  19. La fina ironía sobre gente nacida y vivida en Sarrià y veraneada en Cadaqués, “no como otros”. Gente que pocos méritos más necesita para llegar a dirigir una editorial o ver publicado un libro propio (esto lo aventuro yo).
  20. ¿Hay que publicar, se venderá este libro? Es una pregunta que nadie jamás puede contestar con seguridad. La única respuesta sensata es siempre la misma: y yo qué sé.
  21. Los errores narrativos que contiene la última y celebradísima obra de Delibes, El hereje.
  22. La sobrehumana capacidad de trabajo que demostró tener EM durante tantos años.
  23. La negritud que parece esperar a la industria del libro en general y a la salud de la literatura de calidad en particular, cuando las grandes empresas que copan las librerías en realidad sobreviven gracias a otros negocios (si lo he entendido bien).

    Y aquí dejo de aumentar la lista.

No puedo concluir este texto sin remarcar la labor y aportación, la inspiración de Murillo. Su labor como editor político en el sentido de cívico: publicar ensayo combativo por responsabilidad, publicar libros-acontecimiento por necesidad, publicar novela y descubrir autores por el verdadero placer de palpar el talento.

Gracias por tu vida, Enrique. Por lo tanto, muchas gracias, Fe.

Ah, y ya he encargado a mi proveedor todos los libros del Enrique Murillo narrador.

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Los que se quedan con «el hueso»

Película. Cinco chicos, en un internado en 1970, se tienen que quedar en el colegio solos, al cargo de un profesor de historia antigua, con la cocinera a su servicio, durante las navidades. A los pocos días solo queda en el colegio uno de ellos y se crea una provisional familia de tres.

Paul Hauham (un Paul Giamatti adorable y estrábico) es un hueso, un borde, un amargado inflexible que antepone la honesta justicia del suspenso merecido a cualquier presión de su director, que le implora el aprobado para un hijo de un mecenas del colegio. En la primera escena ya nos queda claro el perfil de este profesor antipático, héroe de la integridad y con valores en vías de extinción, como la cultura humanista que imparte y que vive.

¡Otro profesor de humanidades odiado por los alumnos, como el Crocker-Harris de La versión de browning! Sí, pero también ¡Otra gran película gracias a estos personajes que, al final, son un verdadero encanto!

Paul Haunhm (Paul Giammati) en The holdovers (Los que se quedan) de Aexander Payne (2023)

El primer año que di griego en un instituto creía que la asignatura era el diamante del curriculum, la más importante y en la que el alumno tenía que demostrar su mayor brillo. Por eso no me encajaba, me perturbaba poner un 8 en griego a alumnos que suspendían varias asignaturas.

Ahora empezaré mi último curso como profesor. Ya hace muchos años que, para ser feliz, he tenido que asimilar que el griego es una «maría», un trámite, una espiga más en el manojo de obstáculos que el estudiante tiene que saltar por obligación, no por amor. ¿Qué actitud deben tener los profesores de clásicas hoy por hoy? Quizá en el siglo XX los profesores de latín, griego, historia antigua… estaban a la defensiva, pataleaban ante la amenaza de su extinción. En el siglo XXI, cuando aún existimos, podemos dedicarnos a vegetar sin tantos humos.

La historia es del escritor y guionista David Hemingson. No sale de una obra literaria, como en el caso de La versión de Browning, basada en la pieza teatral de Rattigan. Es excelente.

Podía caernos mal el profesor que hace alarde de tanta integridad y suelta citas en latín a cualquier parroquiano. Pero cómo no amarlo cuando le espeta al final de la cinta a su jefe:

–Siempre he pensado que eres un cáncer de pene con forma humana.

Albert Finney en La versión de Browning de 1994, de Mike Figgis

Un estudiante de Clásicas

A mis alumnos de griego de 1º de bachillerato el mundo (sus compañeros de otros bachilleratos, los parientes, la calle) les dice que estudiando latín y griego no harán nada de provecho en la vida. Es una cantinela eterna, que no se escucha más ahora que hace cuarenta años. Seguro que también tienen que oírla jóvenes que optan por estudiar carreras como Filología Hispánica o Filosofía, Arqueología o Bellas Artes. En fin, lo vocacional está reñido con lo útil.

Yo quise estudiar Filología Clásica en la universidad de Valencia, en 1984, porque me gustaba el latín, porque pensé que tener esa lengua medio domada me iba a hacer muy fácil esos cinco cursos de universidad. Me engañaba, pues me esperaban muchas asignaturas ajenas a la filología clásica, asignaturas compartidas con otras filologías, como Literatura Española, Lingüística General, Lengua Española, Crítica literaria… No había caído en la cuenta de que la Filología Clásica incluía el griego además de latín, y yo no sabía griego. Me iba a desprender los dos últimos cursos de todas las asignaturas comunes, pero el griego me iba a perseguir los cinco años.

Uno hace planes y luego lo que pasa es la vida. He sido profesor principalmente de griego desde 1990. Ayer un periodista de Radio Nacional le preguntaba a una científica cómo traducir a la audiencia la palabra «Criosfera». Se refiere a las partes heladas del planeta, respondió la mujer. Hablaban del calentamiento global, de los glaciares en extinción. Imaginemos una ciencia sin griego, cómo iba a progresar ni un metro.

Mi atasco con el griego en la universidad, mi lucha con él, se tradujo en una conquista. Y una relación de feliz convivencia durante 35 años. Hace casi 5 años escribí una novela que ahora ha salido a la luz. Basada en hechos reales, recuerda mis cursos 2º y 3º de carrera, y el momento en que me planteé cambiarme de Filología Clásica a Anglogermánica. «Pisábamos los charcos», la titulé en homenaje a la canción de Golpes Bajos de cuya letra extraje la cita, banda sonora de una etapa muy especial de mi vida.

Te invito a leerla. Es un canto a la memoria de los amigos, la resurrección de un tiempo de sueños y descubrimientos.

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A la venta aquí: https://edicionesdelviento.es/es/inicio/278-pisabamos-los-charcos.html

Una lectura escandalosa

Entré en una pequeña librería en Ibiza y busqué una novela en los estantes. Me decidí por un libro con cuatro relatos largos, mordido el anzuelo de la contraportada: «estos caprichos o disparates…»

Es la última publicación de J. A. González Sainz, Por así decirlo. Fue un descubrimiento, un festín de juegos verbales, feliz imaginación, tramas locas, humor y originalidad, con aroma kafkiano. En los momentos más absurdos, pensé en Vicente Marco Aguilar y su estupendo El desorden de los números cardinales.

Un personaje del primer relato dice: «me parece escandaloso, una trampa». Después el narrador comenta: «Escándalo –luego lo miré en el diccionario– viene del griego skándalon, que quiere decir efectivamente trampa.»

J. A. González Sainz

Curioso. Antes de que los padres de la Iglesia matizaran escándalo como algo que ofende por su cercanía con el mal, en latín escandalum significaba escollo. Un escollo es trampa para barcos, los detiene, los echa a perder, como hace el escándalo con los fieles. Además, un escollo es algo que hay que sortear, evitar. Como el escándalo cuando se ve venir.

O no se ve venir, porque es propio del escándalo, del escollo, estar escondido. Si no, mala trampa sería. La trampa provoca sorpresa una vez revelada, lo mismo que lo que nos escandaliza. La trampa en el camino y un hecho escandaloso provocan el mismo efecto: nuestro disgusto, desazón, vacilación…

Nuestro mundo no es fácil de escandalizar, pero ¿es porque es un mundo libre de trampas? ¿Es que es un mundo que nos ha enseñado a neutralizarlas? ¿O, más bien, nos ha preparado para que los escándalos no nos escandalicen, las trampas no nos dañen?

Yo echo de menos una sociedad escandalizable. Todo el mundo tiene un estómago de cemento. Y a la vez, mucha gente tiene la piel muy fina. Más bien echo de menos mis ganas de escandalizar. Da miedo escandalizar. El símbolo del escándalo es el rasgado de vestiduras. El problema de hoy es la tentación de escandalizar en público, gracias al fácil recurso de las redes sociales. Y la consiguiente posibilidad del linchamiento si ese público no esquiva el escollo deportivamente.

Buenísimo el libro de González Sainz, con sus reflexiones en bucle que cuajan en hallazgos. Dice en un momento: «¿Las palabras serían así entonces las cosquillas de las cosas?». Para degustar estas gotas de oro, conviene sumergirse en la lectura sorprendente y nada ofensiva, repleta de escollos que es un gozo trepar, de Por así decirlo.

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Nuccio Ordine, la anécdota

Hace un par de años un amigo, J. M. Barquero, me comentó que había asistido en Palma a una conferencia multitudinaria impartida por un tal Nuccio Ordine, humanista italiano por lo visto muy famoso. No mucho después le concedieron a Ordine el Premio Princesa de Asturias, que no pudo recoger en persona porque se murió inesperadamente a los 64 años. Fue un derrame cerebral, se dice, pero no descartemos que lo quitara de en medio alguna conspiración internacional, y es que Ordine proponía otra manera de estar en el mundo, más lenta, más «destecnologizada».

Nucio Ordine. Foto De Alba Vigaray

La anécdota es que una profesora de español en Bérgamo, Desi Baute, el Día del Libro de 2023, de paso por Palma, se acercó a la mesa de la editorial Sloper en la calle San Miguel. Se interesó por mi novela Una heroína intergaláctica, y en posteriores conversaciones me contó que había sido profesora de español de Ordine. Me pasó enlace a la famosa charla de Ordine con estudiantes en Madrid, que merecidamente tiene más de 12 millones de reproducciones.

Se comprende el éxito de este divulgador de las humanidades. Tiene carisma y pasión. Es escucharlo y salir corriendo a comprar Orlando furioso, pero luego en la librería no encuentras ninguna edición apetitosa. Me sorprendió Ordine cuando explicó la importancia de seguir enseñando griego clásico en el bachillerato. Expuso un argumento de puro sentido común que me hizo ruborizar porque nunca se me había ocurrido. Yo siempre aduzco, cuando me veo obligado a defender las lenguas clásicas, razones más egoístas: el estudiante que se enfrenta al latín y al griego obtendrá un beneficio personal, adquirirá unos recursos útiles (ah, la utilidad de lo inútil que decía Ordine) para su vida. Pero Ordine apela a una responsabilidad con el futuro: si dejamos de transmitir el conocimiento del griego clásico, nos exponemos a que llegue un día en que sobre la Tierra nadie sepa leer un legado, incluso leer cualquier nuevo descubrimiento de materiales que contengan esa lengua.

Hace unos meses leí ese librito en que Ordine habla con George Steiner (George Steiner, el huésped incómodo). Es leerlo y salir corriendo a comprar El lapsus freudiano de Sebastiano Timpanaro, autor que inspiró al personaje de la novela de Steiner Pruebas, aunque sea en una librería on-line de segunda mano. En este libro Ordine recuerda que la palabra italiana senno significa sensatez, el seny de nuestro mallorquín. Y en cierto momento utiliza el adjetivo ecdótico. Novedad para mí. ¿Qué es ecdótico? Lo anecdótico lo tenemos dominado, pero ¿qué es lo opuesto a lo anecdótico, lo positivo de esa carencia que supone lo anecdótico?

Ecdótico es el adjetivo de la ecdótica, que es la disciplina que se ocupa de la edición de textos. Llevo casi treinta años haciendo de editor y más dando clases de griego y nunca se me había ocurrido mirar cómo es en griego edición: ἔκδοσις, dice la RAE. Pero en griego básico significa entrega, rendición. Es fácil apropiarse de este vocablo y presumir que en el gesto de editar un libro o un texto hay dádiva y sumisión.

¿Y qué tiene que ver con eso lo que comúnmente llamamos anecdótico, que entendemos como banal, secundario, superficial y distraído? En un trabajo de Pilar Tejero Alfageme para el Diccionario español de términos literarios internacionales, del CSIC, leemos que la palabra griega ἀνέκδοτος (anécdotos), en plural anécdota, es usada por Cicerón para referirse a escritos aún no publicados. O sea inéditos. ¿Cómo pasa a significar, la palabra anécdota, breve relato entretenido?

Tejero lo explica. Se utiliza por primera vez con este valor en 1654 por Jean Louis de Balzac (Anecdote) y ya Voltaire titula Anecdotes sur Fréron (1761) una colección de historias curiosas o, literalmente, «no contadas, o no publicadas antes». Antes de estas fechas a este tipo de relatos de los llama Apotegmas (ἀπόφθεγμα , apófzegma, es máxima u opinión) o Chría (de raíz χρή, jre, ser necesario o útil), pues eran dichos breves y útiles sobre un personaje.

Es evidente, pues, que en la naturaleza de la anécdota se junta la condición de «no editada» y la condición de relato entretenido, breve, antes inserto en géneros mayores como el simposíaco o las enciclopedias, y ahora fijado por primera vez, ya no inédito paradójicamente, cuando con la ilustración muchas historias transmitidas solo oralmente pasan a impresas.

Un último apunte sobre el carismático Nuccio Ordine. Cuando habla o escribe sobre la necesidad de que los profesores sean tan perfectos y apasionados que cambien la vida de sus alumnos… ¿En serio? Imagínense qué espanto. A las 8:00 h. te cambia la vida el profesor de Sociales. A las 9:00 h. te la cambia la profesora de inglés. A las 10:00 h. el de latín. A las 11:00 h. el de… En fin. Pobres chicos. Bendita mediocridad, bendito perfil bajo el de la clase docente. Es justo y necesario.

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Unamuno, dibujante de cómic

Cuando estudiaba 2º de BUP, tuvimos un profesor de literatura española del que guardo muy grato recuerdo. Se llamaba Biel Juan Galmés. De las varias iniciativas acertadas que tuvo, me parece especialmente ambiciosa la de leernos, de cabo a rabo, sentado en su mesa y a lo largo de varios días, la novela Abel Sánchez de Unamuno. Gracias a esa experiencia, que me resultó fascinante, me he animado a menudo a leerles a mis alumnos durante muchos minutos textos que he creído hipnóticos. Abel Sánchez, la historia de un hombre enamorado de la novia de su hermano, lo fue para mí.

Portada de la primera edición del libro.

A finales del pasado septiembre visité la casa museo de Unamuno en Salamanca, en el Rectorado de la universidad. Allí en una vitrina se hallaba el dibujo de la foto que encabeza este escrito. La palabra φθόνος (fzonos), celos, envidia, manuscrita de Unamuno, bajo un dibujo de estilo sorprendentemente contemporáneo, una cabeza de un personaje como de cómic, con expresión herida y una melena que no acabamos de casar con 1917, año de la publicación. Es sabido que a Unamuno no se le daba nada mal la pintura ni el dibujo, y debió de querer ilustrar de su mano la portada de su novela (vemos una versión a color con las dos manos apretándose las sienes; en el borrador del dibujo está escrito «poner las manos»). El hombre con las manos manchadas de sangre puede ser el celoso que acaba en asesino. Siento el destripe, pero lo mejor de la obra, que yo recuerde, es la maestría al retratar el envenenamiento de un alma envidiosa. ¿Qué hace esa T en su frente? ¿Qué signos son esos de la esquina superior derecha? ¿De qué lengua son? Vemos la firma del autor en la inferior, el anagrama de la U dentro de la M.

Sobre la T en la frente: esta letra, latina o griega, pues coinciden, tiene el valor de la omega, es decir, el final, que es Dios (aparte de que su figura se asemeja a una cruz). ¿Y eso? Porque la «t» del hebreo, llamada «tav», es la última letra de su alfabeto. En el Libro de Ezequiel encontramos: “Recorre toda la ciudad de Jerusalén y marca con una T la frente de los hombres que gimen y se lamentan por todas las abominaciones que se cometen en medio de ella” (Ez 9,4). Interesante que el hombre abominable ostente la T que debe protegerlo de sus crímenes.

En griego clásico la envidia también es ζῆλος (dselos), etimología de nuestra palabra celos. En la inglesa jealousy, la fonética de esa «j» imita con más fidelidad el sonido de la «ζ», dseta. El ζῆλος puede significar ambición, competitividad, es decir, ¿quizá envida de la sana?, y por eso el verbo griego con esta raíz también puede entenderse por emular.

¿Qué grandes celosos y celosas nos ha dado la historia de la literatura? La historia de la humanidad, por desgracia, demasiados, al menos uno por cada guerra. En literatura Caín es el pionero. Agamenón envidia el botín de Aquiles. Otelo. Pózdnyshev, en la Sonata a Kreutzer de Tolstoi. Juan Pablo Castel, en El túnel de Sábato. Hay celos en El gran Meaulnes, de Fournier, en La llave de Tanizaki, en La regenta

Envidia de la peor sentí cuando al día siguiente visité la Casa Lys (Salamanca) y contemplé extasiado las criselefantinas art decó de maestros escultores como el rumano Chiparus, obras de las que «oí hablar» por primera vez hace unos meses (en realidad sobre las que leí) en la novela de Alejandro Gándara Primer amor, y que dieron pie a este texto.

Además de criselefantinas, en este recomendable museo hay figuras de cristal opalinado. Creo recordar que era este el término de la etiqueta, pero en la RED solo la palabra opalino y opalescente. Las webs de gemología dicen que la mitología griega cuenta que Zeus lloró ópalo tras vencer a los titanes. Piedra preciosa que se puede tallar. Pero las figuras art decó y nouveau se tallaban en cristal traslúcido, lechoso u opalino/opalescente. El lechoso parece porcelana. El opalescente imita las iridiscencias del ópalo natural. Lo consiguió Frederick Carder en la fábrica de Cristal Steuben (Corning, Nueva York) a principios del XX rociando el vidrio de alabastro (blanco translúcido) con cloruro de estaño. El gran artista del cristal Art Decó fue Lalique, que diseñó frascos de perfumes y adornos para coches como el de abajo, que tal vez cuesten ahora lo mismo que un coche entero de alta gama.


	

Cormac McCarthy en Los Álamos

Alicia Western, en el psiquiátrico, le cuenta a su médico quién era su madre. Hablamos del personaje protagonista de Stella Maris, la segunda parte de la novela con título doble El pasajero / Stella Maris, la última novela de Cormac McCarthy. (Me niego a hablar de dos novelas, es una, dividida en dos libros, pero una. No está justificado o es una excentricidad que el volumen venga con dos títulos).

Alicia y su hermano Robert nacieron en Los Álamos. Sus padres trabajaron bajo el mando de Oppenheimer, se conocieron en el poblado. Él era físico, ella camarera en un autocine, recién salida del instituto. Pero era inteligente y estudiosa, así que entró en Y-12 y fue una de la chicas del calutrón.

Alicia explica lo que es: un invento de E. O. Lawrence para enriquecer el uranio, o, bien dicho, separar el U-238 del U-235 (uranio natural), paso obligado para construir una bomba de uranio.

El calutrón era «básicamente un espectrómetro de masa que servía además como recipiente para el uranio enriquecido». Alicia le explica a su médico la etimología: Cal por California, Tron es un préstamo del griego, dice, «una escala de medida, o tal vez un instrumento».

-tron (-τρον) no es sustantivo, sino sufijo para crear palabras que designen, en efecto, instrumentos o lugares: zeatron (θέατρον ), lugar donde se contempla; lutrón (λουτρόν), lugar donde se lava; skeptron (σκῆπτρον), instrumento para apoyarse; árotron ( ἄροτρον), instrumento para arar. Herramienta, no instrumento musical. Recordemos es entrañable orgasmatrón de Woody Allen, en este caso tanto herramienta como lugar. O el mellotron, este sintetizador que revolucionó el pop. O las películas tituladas, tal cual, Tron, sobre una computadora (máquina, herramienta) capaz de engullir seres humanos. La primera, de 1982, dirigida por Steven Lisberger.

Si Lawerence hubiese tenido mejor asesor etimológico habría incluido la raíz separar en lugar de ese Cal que no dice gran cosa. Podría haber llamado a su máquina apocrintrón. ἀποκρίνω, separar. Hay más posibilidades.

Las chicas del calutrón

Alicia Western es una superdotada. Una de las mejores violinistas del mundo. Una obsesa de la matemática que se iba a doctorar con 18 años. Una lectora de cuatro libros diarios. Stella Maris es la transcripción de las charlas con su psiquiatra. Autista pero comunicativa, le da conferencias a su médico sobre ciencia y filosofía. Sobre psicología. Sobre religión. Es una paciente voluntaria que no se quiere medicar. No está loca porque tiene alucinaciones que sabe que lo son. Se le aparece, entre otros, un enano calvo con aletas de foca por manos, el Chico. A estos personajes que le visitan en el dormitorio los llama en un momento eidolons. Palabra completamente griega, solo que su plural correcto sería eidolona. εἴδωλον es espectro, imagen, figura. Más espectro, en esta novela, que figura o imagen. No sirve en este relato de Alicia la derivada ídolo. El español no ha preservado el vocablo que Alicia, que sabe no poco griego, por lo que se ve, utiliza casi perfectamente en su forma griega original.

La brillante Alicia da otras etimologías en sus entrevistas con el terapeuta: cretino viene de cristiano, desde el francés chrétien.

Ya que estamos, les anoto algunos fragmentos que me han deslumbrado de esta novela. Palabras de Alicia:

Si tuviera un hijo, la realidad me traería sin cuidado.

Los intereses de Satanás son completamente espirituales. (Citando a Chesterton, supuestamente).

La inteligencia son números. No palabras.

El propósito del entretenimiento es suscitar dudas acerca del mundo. (No es cita literal, la reformulo yo).

A los hados se les puede aplacar, a los dioses se les puede rezar. El azar es inevitable. (Cito de memoria).

Otras líneas no salen de la boca de Alicia, pertenecen a personajes de El pasajero.

Trimalción es más sabio que Hamlet.

La belleza promete cosas que la belleza no puede cumplir.

Es asombroso lo que la gente llega a contar de sí misma cuando no está pagando por ello.

La belleza tiene el poder de desencadenar un tipo de aflicción que escapa al ámbito de otras tragedias. La pérdida de una gran belleza puede poner de rodillas a una nación entera. Ninguna otra cosa puede hacerlo.

El alma no se emborracha.

Alicia es impresionante, carismática, lúcida, ingeniosa. Pesimista, escéptica, no atea, abierta a cualquier posibilidad. Nihilista, la razón de su actitud vital es la caducidad de todo. De su afirmación Si tuviera un hijo, la realidad me traería sin cuidado me salió hace unos días esta canción como un parto de embarazo inconsciente.

El pasajero / Stella Maris es una novela extraña, de lectura ágil y enriquecedora, gracias a las extensas partes dialogadas, muy frescas y a la vez interesantes. Sin embargo, en Stella Maris las disertaciones de Alicia sobre matemáticas exceden la frecuencia y extensión razonables. Son para iniciados. Hay páginas bellísimas. Sobran muchas otras.

Katharine Hepburn, el espíritu, la carne

En Historias de Filadelfia (George Cukor, 1940), Katharine Hepburn, Tracy Lord en la película, se da un chapuzón en vísperas de su segunda boda. Estuvo casada con Dexter, Cary Grant, quien se ha presentado en el escenario a intentar frustrar la ceremonia. Le lleva un regalo: la maqueta de un velero, el True Love, Amor Verdadero.

—Qué presto era —dice Tracy. Utiliza una palabra que su novio no conoce, yar, traducida como presto en español. Se la explica: «Fácil de manejar, rápido al timón, veloz, ligero».

Si para George Kittredge (John Howard), el novio, la palabra yar es extraña en 1941, con más razón lo es su traducción, presto, para los usuarios del español de 2023. Como adverbio un tanto arcaico (rápidamente) es de uso conocido, pero como adjetivo resulta palabra rara en español, demasiado culta. Conocemos la palabra, italiana en realidad, en cambio, adosada al movimiento musical rápido (el cuarto movimiento de la sexta sinfonía de Beethoven, por ejemplo). Le pasa como a su sinónimo pronto: en el uso las hemos reducido a adverbios, apenas nos acordamos de su condición de adjetivos.

Una de las referencias que nos pueden resonar, a quienes leímos o escuchamos el Nuevo Testamento, es el consejo de Jesús a sus discípulos: Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu está presto/pronto/dispuesto, pero la carne es débil. (Mateo 26:41).

La versión griega de este evangelio reza:

τὸ μὲν πνεῦμα πρόθυμον, ἡ δὲ σὰρξ ἀσθενής

Así que el presto que acompaña al velero de Dexter, para quien escribió o tradujo en griego en tiempo remoto estas palabras de Jesús, es πρόθυμον (prózimon): de buen ánimo, valeroso, animoso, pronto, ardiente, alegre, benévolo, propenso, fiel. (Acepciones del diccionario de Miguel Balagué, Sch. P., 1971). Obediente, dócil, añadimos nosotros. Estas dos traducciones casan con las de la palabra que usa Tracy, yar (o yare) en inglés americano, para ese presto. La ayuda de Andreu Jaume y Ben Clark me aclara que en la costa este de EEUU este vocablo marinero significa: «fácilmente manejable», «rápido», «bien equilibrado en el timón».

—¡Qué animoso era! —podría haber dicho Tracy de su velero. Se llamaba Amor Verdadero, de modo que no chirriaría: ¡Que fiel era, siempre dispuesto a obedecer al timonel, a ser veloz, siempre preparado!

Recordábamos la frase de Mateo alterada de orden: «La carne es débil, pero el espíritu está pronto». Es decir, una versión más optimista. En este orden, el espíritu vence a la carne. Para Jesús no es así, es la carne la que vence al espíritu, no hay victoria contra la tentación si no velamos y oramos para blindarnos. El espíritu es valiente, está feliz, pero para nada está preparado, es un iluso si cree que puede ganar. Será presto, veloz, se alzará con las velas hinchadas en algún momento, con un poco de suerte, pero finalmente la carne lo encadenará, lo inmovilizará. Si no oramos.

La brillante Hepburn actuó en la obra en Brodway antes de llevarla al cine. Compró los derechos de la obra teatral de Philip Barry, quien la escribió para ella, y queremos creer que contribuyó a construir el personaje, una mujer acusada de ser divina, de no tener debilidades, de no entenderlas. Una mujer animosa y preparada, como el True Love, pero final y felizmente humanizada por la carne imperfecta: ἀσθενής (aszenés). La chica que creció junto al mar, en la casa paterna de Old Saybruck, Connecticut, tuvo que tener una relación especial con la navegación y quizá este punto —pues la escena es especialmente sentida— fue aportación de la pelirroja. Cary Grant la llama Red durante toda la cinta.


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Torrente Ballester como vilano

Leo por primera vez Quizá nos lleve el viento al infinito, novela de Gonzalo Torrente Ballester publicada en 1984, gracias a un taller que ha impartido David Torres, gran admirador del novelista gallego.
La escritura de TB es magnífica, brillante y clara y juguetona. Lírica y cómica, la más inteligente e ingeniosa que recuerdo jamás haber leído.

Ingeniosa adjetivando. «Motoristas ululantes», «vigilantes puntas de cigarrillos».

Ingeniosa describiendo: estar erguido es «la postura justa de una serpiente ofendida». «…algo escurrida de pecho, y ahora, en el suéter, le soplaban por dentro vientos gemelos y turbadores».

Ingeniosa en situaciones y diálogos:

«—…¿se habría acostado con ella?

—No, esté usted tranquila. No se me pasó por las mientes.

—Esas cosas —me replicó ella—, no pasan precisamente por las mientes.»

Esta novela es extraordinaria por su originalidad, por cómo, partiendo de una parodia de las novelas de espías y de ciencia ficción, consigue embaucarnos en un juego nada verosímil. No suspendemos la incredulidad; suspendemos, neutralizamos la credulidad, nos importa un rábano creer, queremos jugar.

Un ser fantástico, capaz de suplantar identidades a placer, anda invadiendo los cuerpos de otros hombres vinculados a una trama de espionaje. Lo amenaza, le sigue la pista una matahari que es un perfecto robot, y se enamora de Irina, agente de la KGB. Las peripecias están al servicio de un despliegue de imaginación, lenguaje delicioso y profundidades en el terreno de lo amoroso y de lo religioso, cuando una máquina humanoide grita, en el momento de expirar, el nombre de Dios.

Merece ríos de tinta la glosa de esta obra bellísima, que es como un Quijote escrito por Philip K. Dick o un Blade Runner con guión de Cervantes.

Le dijo TB a Soler Serrano en 1976 (entrevista de TVE «A fondo») que el español de Valle Inclán era mejor y «más rico» que el suyo. Era muy modesto Torrente.

En Quizá nos lleve el viento al infinito he encontrado rarezas:

Crujías. Desconocía la palabra. Son largos corredores. Un préstamo del italiano corsias. Del latín cursus, carrera.

Giga. Nada que ver con el griego grande. Es un baile antiguo, acelerado por arte del violín. Origen francés y quizá del alto alemán.

«Me debrucé« en el volante: nunca habría visto usar el verbo debruzar por darse de bruces. Es más, lo desconocía. Busqué primero debrucir en vano y por poco tiro la toalla. Bruz viene de buz, labio, boca, que es arabismo.

Iconostasio. Es el tríptico mampara que separa el altar del resto de la Iglesia, con imágenes (εἰκών, eicón, imagen + ἵστημι, hístemi, estar de pie) pintadas. Es la única derivada del griego curiosa que he localizado en la novela.

Recrestarse. Escribe TB: «…no fuera del Diablo que Paul se me recrestase ante las patatas con perejil». En gallego existe el verbo recrestar, que es descansar. No sirve esta acepción aquí. Parece aludir más a cresta. ¿Se asomase? ¿Algún gallego en la sala que nos lo aclare?

Torrente Ballester me ha parecido un portento. Había leído hace muchos años Ifigenia, buena muestra de su vocación desmitificadora. He catado La saga/fuga de JB, que espero terminar pronto. Me siento muy emparentado con Torrente, he escrito libros torrentinos sin haber leído los libros de TB. Cuando publiqué Stradivarius Rex en 2009 hubo muchas reseñas. El novelista Daniel Ruiz García vio una novela «cervantina». Otros la compararon con la película Cómo ser John Malcovich, que yo no había visto. David Torres fue el más erudito y vio la coincidencia con El vagabundo de las estrellas de Jack London, también ignorada por mí. Pero la perfecta coincidencia entre Quizá el viento… y Stradivarius Rex en su personaje protagonista, con su condición de suplantador de vidas, y con el juego que este supuesto posibilita para la alegoría de la creación literaria o la reflexión sobre la identidad, nadie la pudo señalar. Prueba de que esta obra cumbre de la novela española, injusta y lamentablemente, fue poco leída y es mal recordada hoy.

La inteligencia de TB cuaja en frases con las que nos deleita con su comprensión del mundo. Les dejo con una pequeña colección.

Conviene recordar que las causas son incontables y los efectos verdaderamente pobres.

…esa manera de llevar en alto la nariz (los poderosos) que los confunde con algunos ilusos.

Los ingleses, gracias a Shakespeare, están purgados ya de la tragedia.

Nunca puede computarse la duración de un beso.

Ninguna inteligencia es inexplicable.

Miguel Dalmau, melómano y músico, me envía comprobante de la giga irlandesa: jig. Seguro que John Ford sabía bailarla.

Una última palabra quiero comentar: vilano.

El espía superhéroe que narra y protagoniza esta aventura, también llamado el Maestro de las huellas que se pierden en la niebla, acaba sus días en Mallorca, es decir, hace lo que Torrente hubiese querido hacer. Mira el mar, recuerda a su amada, y anhela ser llevado, hasta el infinito, junto a ella, en forma de vilano.

No milano. Desear volar en forma de pájaro es un tópico. Torrente es más sutil, escoge esa pelusa, esa cabeza como de anémona con filamentos suaves del cardo, que se esfuma con un golpe de viento.

He buscado el origen de vilano. El Diccionario de Autoridades, tomo IV (1794) nos aclara que milano «se llama también la flor del cardo seca, que vuela por el aire. .. Otros le llaman Vilano. Latín. Pappus.«

Es inevitable deducir que los etéreos pelos del cardo tomaron el nombre de la ligereza del plumón del ave, y que luego se independizaron de su referencia, milano, con un sencillo salto de consonante.

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Morse, un poli instruido

El sargento Morse no es un policía del montón. Ha estudiado en Oxford, tiene una cultura superior a la habitual en el cuerpo de policía y, gracias a ella, desde el primer episodio de esta magnífica serie, resuelve casos.

En la última temporada, titulada Endeavour: el final, una joven muere tocando el violín en un concierto.

¿Muerte natural? Morse no se fía. Averigua que la chica era alérgica a los frutos secos. ¿Cómo envenenarla sin que se entere? Morse descubre que alguien ha triturado frutos secos hasta hacerlos polvo y los ha mezclado en la colofonia, la crema con que se pringan las cerdas del arco con que se toca el violín.

¿Colofonia? ¿De dónde sale esta palabra? ¿Tiene algo que ver con sonido (φωνή– foné)? Estamos hablando de violines, así que es lógico suponerlo. Pero ¿y la primera parte de la palabra? ¿Será κωλύω (colío), impedir? ¿Será κῶλον (colon), miembro? Nada de esto sirve.

Las etimologías online nos dicen que la palabra es griega, κολοφωνία, colofonía. Ya los griegos llamaban así a esta resina valiosa, útil para tantas cosas antes de la invención del violín. ¿Pero significa algo? Lo normal es que una palabra, en griego, tenga una significado atendiendo a sus raíces, pero ninguna raíz aplicada a sonido sirve para traducir colofonia.

Un día después de ver el episodio de Endeavour, mientras desayunaba, caí en la cuenta. ¿Y si viene de Colofón, la localidad griega de Asia Menor, donde se baraja que nació Homero y residió una vez Epicuro?

Busqué información sobre Colofón y supe que la ciudad era famosa por la producción de resina. Wikipedia dice: «Característica de Colofón fue la resina, mencionada por Plinio el Viejo y Dioscórides como resina colofónica que pasó al francés como Colophana, y que se obtenía del monte Galesio, cercano a la ciudad, donde había grandes extensiones de bosques de pinos.»

El diccionario en papel de la RAE, en la edición que tengo de 1984, sí añade a la definición de colofonia el origen del nombre, debido a la resina de la mencionada ciudad.

Por cierto, nuestra palabra colofón, que es remate, culminación, término, punto final… es exactamente la misma con que nombramos a la ciudad jónica. También en griego, como nombre común, significa cumbre, final.

¿Estaba la ciudad de Colofón en una cumbre? Apuesto a que sí. Una cumbre colofónica, sin duda, donde olía a resina de pino.